Una mordida de tiburón
Mi sobrino nació con un problema serio en el riñón. Lo operaron cuando era un bebé. Le quedaron dos cicatrices en la panza.
Carlos Agami · 22 de mayo de 2026

Mi sobrino nació con un problema serio en el riñón.
Lo operaron cuando era un bebé.
Le quedaron dos cicatrices en la panza.
Sus papás le dijeron que eran mordidas de tiburón.
Y él les creyó.
Años después, en una alberca, estaba platicando con otro niño.
Bueno, "platicando".
Más bien estaban compitiendo por tonterías.
Que si mi papá es más alto.
Que si yo corro más rápido.
Que si tengo más carritos.
Que si el mío hace más cosas.
Hasta que el otro niño, queriendo rematar, dijo:
"Yo tengo una pulsera de dientes de tiburón".
Y mi sobrino, sin despeinarse, se levantó el traje de baño, enseñó la panza y respondió:
"A mí me mordió un tiburón".
El otro niño se quedó con la boca abierta.
Perdió.
¿Cómo compites con eso?
No compites.
Porque hay cosas que no son un poco mejores.
Son imposibles de confundir.
Eso mismo le falta a muchísimos negocios.
Siguen diciendo lo mismo que todos:
"Tenemos calidad."
"Damos buen servicio."
"Tenemos experiencia."
"Somos confiables."
Qué bien.
Y qué poco memorable.
La pepita es esta:
ser un poco mejor rara vez alcanza; ser imposible de confundir cambia la conversación.
Eso no siempre sale del producto.
A veces sale de cómo explicas lo que haces.
De cómo atiendes.
De la experiencia que dejas.
Pero tiene que existir.
Porque si no existe, te vuelves uno más.
Y desde ahí vender se vuelve cansadísimo.
Si quieres encontrar la mordida de tiburón de tu negocio, responde y te mando una guía para empezar.
Carlos
Servir es el camino.
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