Nadie quiere ser la bruja del cuento
Las personas no cambian por un curso. Y tú lo sabes. Puedes pagar al mejor conferencista.
Carlos Agami · 21 de febrero de 2026

Las personas no cambian por un curso.
Y tú lo sabes.
Puedes pagar al mejor conferencista.
Puedes traer al gurú de moda.
Puedes hacer que todos aplaudan y salgan motivados.
Y aun así no cambia nada.
Si después nadie corrige.
Hace unos meses fui al dentista.
Ni modo. Me tocaba limpieza.
Yo acostado.
Con el zhhhhhhhhhhhht de esas máquinas que suenan como taladro dentro de la boca.
Y una enfermera dulce por fuera,
pero enojada con la vida,
que me raspaba los dientes como si estuviera buscando oro en una piedra.
Ahí estaba yo,
con la bocota abierta, y créeme, mi boca es grande,
viendo sus ojos llenos de furia contra la placa de mis dientes.
— ¿Tomas mucho café?
— AEH, ahe — intenté responder con medio arsenal metálico en la boca.
— ¿Y comes chocolate?
— Ddddddiii.
— Pues tienes los dientes muy sucios por eso.
Me sentí evidenciado.
Como niño regañado frente al salón.
Bajé de la silla,
le di un “gracias” medio fingido a mi verduga,
y me fui.
Seis meses después me llamaron para agendar la siguiente limpieza.
No regresé.
No me gustó que me corrigieran.
Pero ella tenía razón.
Corregir importa.
En el dentista.
En la casa.
Y en tu equipo de trabajo.
Es la diferencia entre ideas que se van por la tubería
y equipos que logran resultados grandes.
Ahora piensa en esto:
Le pagas un curso de ventas a tu equipo.
Van.
Se emocionan.
Dicen que es lo mejor que han vivido desde el pan en caja.
Al día siguiente regresan a trabajar.
Y frente al cliente vuelven a lo de siempre.
El jefe lo ve.
Y se queda callado.
Ahí se murió tu inversión.
El colaborador entendió algo muy claro: que es puro jarabe de pico.
Porque en la mente de tu equipo hay una frase silenciosa, pero poderosa:
Lo que a mi jefe le importa un pepino, a mí me vale un cacahuate.
El curso dura ocho horas.
El jefe está todos los días.
Y aquí viene lo incómodo.
A nadie le gusta ser la bruja del cuento.
Nadie quiere caer mal.
Entonces preferimos sonreír.
Dejarlo pasar.
Y en ese intento de ser simpáticos
le quitamos fuerza a todo lo que enseñamos.
Sin seguimiento, la capacitación es entretenimiento caro.
Otro taller.
Otro video.
Decoración corporativa.
Bonita.
Cara.
Inútil.
Tú dices:
"Ya los capacité."
No.
Los informaste, que es diferente.
Porque formar implica corregir.
En el momento.
Sin humillar, pero con firmeza.
Porque cuando el jefe calla para no ser la bruja del cuento
le enseña al equipo que no era tan importante.
Y nada que no es importante se ejecuta.
Si esto te suena familiar
y ya te cansaste de pagar cursos que no cambian nada,
podemos verlo juntos.
Aplica para una conversación conmigo.
Y decidimos si vale la pena hacer algo al respecto.
Aquí.
Feliz sábado,
Carlos
P.D. Recuerda: servir es el camino.
—
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