2,617 veces
Si sientes que tu equipo escucha, pero no ejecuta como debería, lee esto. Porque no es falta de ganas. Esta es la historia de Roberto.
Carlos Agami · 14 de febrero de 2026

Si sientes que tu equipo escucha, pero no ejecuta como debería, lee esto.
Porque no es falta de ganas.
Esta es la historia de Roberto.
Un tipo normal.
Buen esposo.
Buen papá.
De los que pagan el predial a tiempo y dicen que ahora sí van a empezar el gimnasio el lunes.
No era brillante.
No era mediocre.
Era promedio.
Quería algo sencillo.
Que a su familia no le faltara nada.
Que sus hijas lo vieran como un héroe.
Y algún día jubilarse tranquilo, sin sustos.
Nada extraordinario.
Solo una vida en paz.
Todas las mañanas se levantaba a las 5:30.
Ponía la cafetera.
Esperaba esos segundos en los que la casa todavía está en silencio.
Respiraba el olor del primer espresso.
Y prendía la televisión solo para ver las noticias.
Un canal.
Otro.
Otro.
Un pedacito de política.
Un pedacito de deportes.
Un pedacito de tragedia.
Nada completo.
Cuando volvía a su taza, el café ya estaba frío.
En el trabajo era responsable.
Cumplido.
El típico que no mete en problemas a nadie.
Pero en las juntas, mientras alguien hablaba de algo importante, Roberto bajaba la mirada al celular.
Un mensaje.
Un indicador financiero.
Una notificación.
Nada grave.
Solo interrupciones.
Hasta que llegaba la tarde.
- ¿Te enseño mi nuevo baile, papi?
- Claro, princesa.
La niña se escondió detrás de la pared del comedor para hacer su entrada triunfal.
Roberto desbloqueó el celular.
Una notificación.
Luego otra.
Un mensaje rápido.
La niña salió.
Bailó como si estuviera en un escenario lleno.
Sonrió.
Giró.
Saltó.
- ¿Te gustó, papi?
- Sí, hermoso.
Y lo dijo con cariño.
Pero si le preguntabas qué parte le había gustado, no sabría qué contestar.
Esa noche, Roberto murió.
Un ataque al corazón.
Fulminante.
Murió como mueren muchos hombres normales.
De golpe.
Pero había algo que llevaba tiempo apagándose.
Su atención.
Roberto no vivió mal. Vivió a medias.
Medio presente.
En el trabajo.
En la casa.
En las conversaciones.
¿Te parece familiar?
La historia de Roberto no es tan rara como parece.
Es bastante común.
Es tu historia y la mía.
Vivimos en medio de interrupciones.
"Una checadita del mail."
"Contesto este mensaje en dos segundos y te atiendo."
"Solo esta notificación y ya."
2,617 veces al día.
Esas son las veces que una persona normal toca su celular.
Así vivimos tú y yo.
En pedacitos.
Y así viven tus colaboradores.
Presentes, pero divididos.
Aquí es donde la cosa se complica.
Y en ese estado queremos que ejecuten.
Que vendan más.
Que sirvan mejor.
Que se pongan la camiseta.
Que hagan que las cosas sucedan.
Luego nos sorprendemos de que no crezcan.
La verdad es que no es falta de ganas.
Ni de compromiso.
Es que su cuerpo está ahí, pero su atención no.
A mí también me pasaba.
Tenía la bandeja de entrada en cero.
Sabía de la última noticia en Zimbabue y Turkmenistán.
Te respondía un mensaje en segundos.
Pero vivía de interrupción en interrupción.
Así que hice algo que a muchos les parece raro.
Uso mi celular como si fuera un Nokia de viborita.
Llamadas.
Mensajes.
Nada más.
Porque entendí algo muy simple.
Hacer que las cosas sucedan empieza por concentrarse.
Si no hay atención, no hay avance.
Ni en ti, ni en tu equipo de trabajo.
Hace un tiempo tuve una plática con Martha Debayle.
Hablamos justamente de esto.
Cómo lograr que tus colaboradores se pongan la camiseta de verdad y hagan que las cosas pasen en la vida real.
Aquí está.
Escúchala completa.
Pero escúchala presente.
Con cariño,
Carlos
P.D. Recuerda: servir es el camino.
—
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Av. Pacífico 468 Local C, Coyoacán, Ciudad de México, CP 04330, México
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