Raro de los buenos
En la carrera tuve un profesor raro. Raro de los buenos. Sin saberlo, me enseñó algo que sigo viendo hasta hoy:
Carlos Agami · 12 de abril de 2026

En la carrera tuve un profesor raro.
Raro de los buenos.
Sin saberlo, me enseñó algo que sigo viendo hasta hoy:
qué fácil es confundir a la gente.
Y luego echarle la culpa.
Era el Profesor Guasco.
Tenía pelo largo, prácticamente todo blanco.
Hablaba lento, pausado y dulce.
Daba física.
Una materia que a muchos les aburre.
O les parece inútil.
Pero con él, la cosa era distinta.
Decía cosas como:
"Comenzaremos la clase en un sexto de hora".
Usaba plumones de colores.
Y cada fórmula en el pizarrón acababa pareciendo un arcoíris.
Y tenía la bonita costumbre de no hacer las cosas como todos.
El valor de la gravedad, por ejemplo.
Es de 9.8.
Bueno, para ser exactos, de 9.80665.
Pero él decidió que valía 10.
Así, por sus pistolas.
Porque el 9.8 te obligaba a sacar la calculadora.
Y él no quería eso.
Quería que aprendiéramos física.
No el bendito 9.80665.
Y ahí entendí algo que no se me ha olvidado.
Que lo simple se hace.
Lo complicado se abandona.
Y si tienes gente atendiendo clientes o vendiendo por ti, más te vale entenderlo.
De lo fácil que es confundir a tu equipo.
Y luego echarle la culpa.
Les llenas la vida de protocolos.
De pasos.
De diagramas.
De scripts.
Como si atender clientes fuera armar un mueble.
Y luego dices:
"Es que la gente no entiende".
No.
Muchas veces la gente sí quiere.
Sí quiere hacerlo bien.
Sí quiere atender mejor.
Sí quiere vender más.
El problema es otro.
Una cosa es entender algo en una hoja.
Y otra muy distinta es recordarlo en la vida real.
Con el cliente enfrente.
Con prisa.
Con presión.
Con mil cosas pasando al mismo tiempo.
Y si para hacerlo bien tu gente tiene que acordarse de demasiadas cosas,
ya perdiste.
No porque sean flojos.
No porque no les importe.
Sino porque era demasiado complicado.
Y ojo.
No te estoy diciendo que los dejes improvisar.
Claro que necesitan guía.
Claro que necesitan estructura.
Pero una cosa es ayudarles a hacerlo mejor.
Y otra darles algo tan enredado que se abandone en cuanto empieza la vida real.
Por eso las mejores guías se parecen más a la gravedad en 10.
No porque se vean más sofisticadas.
Sino porque se pueden recordar.
Se pueden usar.
Y sí ayudan.
Tu equipo se acuerda.
Y la usa.
Y entonces el cliente lo nota.
Nota que lo atienden mejor.
Que hay claridad.
Que hay intención.
Que no le están leyendo un libreto.
Porque servir bien no es decir veinte cosas correctas.
Es hacer unas cuantas,
pero hacerlas bien,
siempre,
y a tiempo.
Tu gente trabaja con más claridad.
Tu cliente lo siente.
Y tú dejas de pelearte con procesos que en papel se ven preciosos,
pero en la vida real nadie pela.
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Carlos Agami
Servir es el camino.
—
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